Voces dormidas

He de confesar una debilidad: los cuadernos de viaje. Quienes me conocen mínimamente, y han viajado conmigo alrededor del mundo, saben que para mí cada cuaderno es no sólo un montón de páginas que al principio viajan vacías, esperando rellenarse, sino también un compañero más al que cuido y valoro a veces de una forma algo obsesiva. Pero, ¿qué esconden estos cuadernos? ¿De dónde proviene ese impulso casi mágico por relatar cada una de las cosas que nos ocurren cuando viajamos e incluso cuando estamos en casa?

Supongo que es una necesidad de crear un mundo más allá de los que solamente podemos observar. De esta manera, transcribiendo hechos, historias, aventuras, describiendo sensaciones y recuerdos de otros viajes y otras vidas, es como logro sentir la mayor realización interior posible. No se trata de configurar un simple diario personal en el que anotemos cuanto nos pasa cada día, por orden cronológico, sino de crear un interlocutor en forma de hoja en blanco, que silenciosamente nos inste a preguntarnos en cada momento qué es exactamente lo que nos hace sentir un lugar o un momento concreto, o una persona tal vez, un mecanismo a través del cual creamos un mundo paralelo construido con palabras y al cual poder regresar cuando la memoria falla. El objetivo último, sin embargo, de los cuadernos de viaje, no es recordar en el futuro cada paso que dimos, sino comprender qué estamos viviendo, qué reacciones surgen en nosotros mismos ante el mundo, y sobre todo crear una puerta de dirección múltiple al pasado y a la intrahistoria de cada uno de nosotros.

No puedo evitar hablar de una de las ideas literarias que más me maravillan. Carmen Martín-Gaite, en la mayoría de sus novelas, deja entrever al espectador que las lee e interpreta que realmente en lo que consiste la vida de uno mismo es en la búsqueda de un interlocutor perfecto, de ese cualquiera que no solamente escucha, sino que realiza las preguntas concretas para que logremos comprendernos a nosotros mismos. En mi caso, y en el de otros muchos viajeros que como yo cuidan sus petits cahiers como tesoros, este interlocutor perfecto se personifica –o “cuadernifica”- sobre el papel. Muchas veces, incluso antes de haber oído hablar sobre las ideas de Martín-Gaite, yo misma me había dado cuenta de la existencia de una voz dormida que habitaba en algún lugar de mi cabeza y a la cual me dirigía a veces, con la que dialogaba, y a través de la cual lograba aclarar mis ideas. Con distintos rostros, a veces, y distintas tapas de cuaderno cada vez que llega uno nuevo dispuesto a ser estrenado.

Durante todos mis viajes he escrito de forma incansable. Era algo así como una rutina, como desperezarse por la mañana. Con ocasión de este post no puedo evitar comentar un libro que estoy leyendo y que se titula Writing Away. En él, Lavinia Spalding, su autora, reflexiona sobre los cuadernos de viaje, sobre cómo elegirlos y crearlos de modo que surja en ellos la vida y se conviertan en puros protagonistas. En mi caso, tengo medio camino hecho. Escribir es parte de mi como lo podría ser cualquier otra cosa y esa obsesión por el papel- elegir el cuaderno perfecto, las hojas perfectas, las tapas perfectas, el tamaño perfecto, el boli perfecto- me resulta tan importante como cualquier otro preparativo de cada viaje. Porque en ellos se descargan todas las emociones de cada día, es en cierto modo como soltarlo todo, toda una cascada de agua nueva y de microcosmos, y dejar la mente limpia para el día que venga después.

Marruecos es el compañero perfecto de los cuadernos de viaje, hay tanto por describir y descubrir… 

Para los un poco locos como yo, a los que les parece que su vida desaparece si no dejan constancia de ella por escrito, algunos consejos para futuros viajes:

–        Escribe cada día. Quién sabe si lo que mañana te ocurra sea tan infinitamente interesante que el pasado ya no importe.

–        Dibuja, colorea, añade sellos, postales, fotos, hojas y flores secas (este es mi favorito), tickets de autobús y de tren, etiquetas de cervezas, lo que se te ocurra. Constrúyelo. Crea arquitectura en su interior.

–        Deja que los demás contribuyan: una frase que alguien dijo y no quieres olvidar, un dibujo, nombres, correos, palabras en otros idiomas. Si el mundo entero no cabe dentro, por lo menos tendremos unas pinceladas de lo que realmente es.

–        Este es de Lavinia Spalding: haz tres columnas. En una de ellas escribe la fecha, en otra el lugar y en otra un descubrimiento, algo que haya merecido la pena conocer. Elige un descubrimiento por  cada lugar: te ayudará a valorar lo que te rodea.

–        Deja vagar la mente: no hace falta ser un gran escritor todos los días. No hay reglas, es tu hoja en blanco, tu mundo creativo. ¿Una poesía improvisada? ¿Ganas de matar a todo el mundo? Hay que saber plasmar las emociones, da igual de qué tipo sean.

–        Y relacionado con lo anterior. No te auto-censures. Di lo que quieras y como quieras. Practica idiomas. Insulta en alemán.

–        Y por último: compártelo, si quieres. Pero nadie te obliga. A veces un cuaderno de viajes puede ser la proyección más pura de cada uno de nosotros. Y no siempre hay espacio para los otros ahí.

Os presento a mi favorita…Thailand Jewels, de Paperblank

Alguien dijo que uno no desaparece cuando muere, sino cuando ya no queda nadie que pueda recordarle. Quizá escribiendo un poquito cada día siempre quede algo de nosotros en algún papel lleno de tinta.

Adiaŭ!

M.

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Categorías: Curso de Literatura y Periodismo de Viajes, Reflexiones viajeras | Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Voces dormidas

  1. Jose Luis

    Eres fabulosa … sueña siepre

  2. oscar ortego

    Es un texto encantador. Te recomiendo el libro “Notas de un viaje a oriente”, de Julián Marías. Si se te pone a tiro no dejes de echarle un vistazo. Es una preciosidad y no deja de ser el diario en el que un jóven Marías plasma sus impresiones sobre el viaje interior que siempre debe acompañar a quien busca fuera y encuentra dentro. Un turista nunca necesitará ningún cuaderno.

    Oscar Ortego

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