Agua en el desierto: experiencias de una voluntaria en Errachidia

Dice Thomas Mann al principio de su obra “La montaña mágica” que hay dos coordenadas capaces de llevar al ser humano al olvido: el tiempo y el espacio. Mientras que el tiempo tarda lo suyo en hacer que los sentimientos o las preocupaciones se borren o conviertan en recuerdos, el espacio apresura el proceso, lo hace ínfimo, hasta el punto que sólo por marcharnos lejos podemos desterrar de nuestra mente los grandes problemas que nos aprisionan cuando estamos en casa, los gigantes amores que al final no fueron, todas nuestras enormes dudas y nuestros colosales prejuicios. Así es como hace sentir Errachidia.

Tormentas de arena

Al llegar a Errachidia, situada entre el Medio Atlas y el desierto del Sáhara, lo primero de lo que uno se da cuenta es que no hay tiempo. No hay reloj. Las horas son líquidas y gotean poco a poco hasta que se extingue el sol, y es entonces cuando la vida empieza. En la que se dice ser la antigua capital de Marruecos todo es rojizo, hasta el aire, la tierra, la piel de sus gentes. Está anclada en el pasado con todas esas carretas de burros recorriendo sus calles y las palmeras marchitas por el calor. Los niños aún corren y juegan en las calles, no existen los peligros de la modernidad, y el verano transcurre rápido ante sus ojos, entre las escuelas que los acogen para hacer actividades durante el día y los partidos de fútbol a media tarde. Y ahí es donde entramos nosotros en acción.

El Valle del Ziz

La ciudad de Errachidia cuenta con varias asociaciones que cada año acogen a cientos de voluntarios para colaborar en diversos proyectos para la comunidad. Yo trabajé para la ASTVS en la escuela Imam Malik pintando y decorando aulas, pero la asociación cuenta con otros proyectos que cada año convierten las escuelas cercanas en centros donde los niños aprenden inglés y francés y por la tarde realizan actividades. Lo más importante: se divierten con los voluntarios que eligen pasar un mes, o dos en el desierto compartiendo sus conocimientos con ellos. La experiencia se hace única, no sólo por el hecho de ser consciente de estar invirtiendo un tiempo precioso en hacer algo por otras personas que en un principio no conoces, sino también porque, acostumbrados a la vida moderna, estar un mes atrapado entre tormentas de arena y la absoluta calma de la cultura marroquí se convierte en todo un tiempo de inmersión. Prisa mata parece el lema nacional, y aunque al principio cuesta adaptarse al ritmo sosegado de Errachidia, después de unos días se descubre que esa tranquilidad cala como lluvia, y nos olvidamos de todo lo demás dispuestos a dejarnos llevar.

Pueblitos de adobe en las laderas del Valle del Ziz

El Zouk de Errachidia, lleno de colores y aromas

Desde el aire África parece una tierra deshabitada, donde no hay luces ni carreteras ni grandes ciudades. Parece que la mano del hombre no ha dejado huella: sólo se divisa el color rocoso del Atlas y el desierto dorado a lo lejos. Lo mismo se siente al pasear por los zocos de las ciudades. El zoco de Errachidia es un lugar de reunión, un ágora donde la gente mata el tiempo conversando y comprando vegetales, especias, imperdibles, henna o animales aún vivos. De forma inevitable, el aroma a comino inunda el lugar, como se hace también sabor potencial de todas las comidas. El tajine o el cordero con ciruelas son los platos básicos de la escuela Imam Malik, siempre acompañados de fruta fresca como melón o sandía y de ese pan marroquí tan especial.

¿Cómo es un día normal en las instalaciones del Imam Malik? Por la mañana, la jornada de los voluntarios empieza con un desayuno básico. Poco después por grupos se reparten las clases y se empieza la tarea de lijado y primera mano de pintura a las aulas. Cuando está seco, se dibuja encima: los motivos los eligen los propios voluntarios, lo que habitualmente convierte las clases en una mezcla de ideas y colores indescifrables. Pero eso es lo más divertido: en un país donde la mayoría de los niños no han conocido demasiados colores, aparte de los dorados, ocres, rojizos, los colores de la tierra, al pintar las paredes de colores vivos potenciamos su imaginación. Queremos hacerles soñar con nuestros dibujos, no sólo pintamos por pintar. Las mañanas transcurren tranquilas trabajando, con una pausa para el té. Por las tardes por lo general los voluntarios van a la piscina del Hotel Meski, a las clases de árabe, o al Zouk o mercado del centro, o a tomar un zumo a cualquier sitio. Para las mujeres no supone un problema entrar en los lugares de ocio que tradicionalmente han estado reservados solo a los hombres, pero no hay mujeres marroquís en los cafés y restaurantes. Si para el mundo occidental ya apenas existe diferencia de condición entre sexos, en Marruecos se hace patente al instante. Su única labor es la de cuidar de la casa y la familia y en pocas ocasiones se encuentra una excepción a la regla general.

Lugares donde no existe el tiempo

Los fines de semana se organizan excursiones: las Gargantas del Todra, con sus pueblos aislados, todos hechos de adobe y lodo, y sus carreteras al borde de precipicios de vértigo; el valle del Ziz, donde se pueden dar los primeros pasos – muy básicos- del deporte de aventura en la zona, y por supuesto el desierto: una excursión que cumple con toda expectativa si el tiempo está a tu favor, y que bajo el cielo de estrellas en la noche cerrada, sin sonido alguno alrededor, puede convertirse en una experiencia casi mística. La sensación que produce el desierto es de estar solo en el mundo, y parece tan grande, tan vasto a nuestros ojos que merece la pena cabalgar sobre la joroba de un camello varias horas para disfrutar de ello. Los bereberes nómadas son los que habitualmente conducen al visitante por las dunas hasta llegar al campamento de jaimas que se encuentra al pie de la Gran Duna. Los bereberes se autodenominan imazighen u “hombres libres”, y durante siglos han conservado su cualidad nómada, aunque en los últimos tiempos el auge del turismo de aventura los ha confinado básicamente a la misión de guías turísticos. Sin embargo no hay que ver en ello una pérdida de identidad: algunos de ellos son verdaderos filósofos, y tan capaces de complementarse con el ambiente, con el desierto, como un grano de arena.

Pequeños detalles

Y es que quizá como dunas somos cada uno de nosotros: el viento trae y lleva pequeños granos de arena cambiándolos de sitio, dejándolos en otros lugares, desapareciendo, difuminándose entre las ráfagas de aire que los azotan. Pero siguen existiendo. También nosotros somos maleables pero en esencia las mismas personas, y cada vez que el viento sopla cambiamos nuestra piel, nos descubrimos en nuevas características que habíamos olvidado poseer o que quizá nunca habíamos descubierto antes. Intentar que una duna, o cualquiera de nosotros permanezcamos inmutables para siempre es tan difícil como encontrar agua en el desierto.

Meriam Zahiri, una de nuestras compañeras

Quiero volver. Inshallah.

M.

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Categorías: Artículos de viajes, Lugares secretos | Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 4 comentarios

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4 pensamientos en “Agua en el desierto: experiencias de una voluntaria en Errachidia

  1. marife

    Sabes? He estado allí contigo, entre arena y polvo y he visto esa luz tan especial que tiene Africa. Gracias por hacerme viajar también a mi a través de tus palabras.

  2. Jose Luis

    Cada uno de tus escritos es pura poesía de viajes … manejas como nadie el sentimiento que aflora toda en ti con cada una de las cosas que te ocurren en tus experiencias viajeras, transportando al lector al mismo pie de la calle, sea cual sea el destino … haces de cada uno de tus viajes una conmoveroda y profunda experiencia que, aún estando lejos de todo, nos hace recorrer cada uno de los rincones, disfrutar de sus gentes y sus costumbres y recordar que, una vez yo también estuve allí … sigue así escritora empedernida, soñadora incansable .. VUELA ALTO, VUELA LEJOS .. y llegarás a cumplir más y más sueños

  3. La verdad es que lo de estar un mes en el mismo sitio tiene que ser una maravilla, seguro que fue una gran experiencia. Muy buen post y fotos. PD: La montaña mágica….. me entran ganas de leerlo pero por el momento nunca la he empezado 🙂

    • Muchas gracias por los comentarios! El mes en Errachidia fue uno de los más vívidos de mi vida, cada rutina era especial, fue como colarme en la vida de otros…
      Todo libro tiene su momento. Ya llegará.
      🙂

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