De ciudades favoritas y otras mentiras sin importancia

Cada vez que visitamos un país, una ciudad, un pueblito, tenemos la necesidad de reorganizar nuestra escala de valores: ¿me gustó ésta más que la última? ¿Qué lugar ocupa cierto lugar en la lista de “inolvidables”? ¿Cuánto tiempo ha de permanecer su huella, u olvidaré cómo sabe pronto?

Después de haber estado en Cuba, me convertí en una fiel devota de la isla y de todo aquello que le pertenece. Me enamoré de su luz. Cuando volví de París, su recuerdo aún titilaba en mi imaginación, desbordándola, redescubriéndose en antiguas leyendas de los años de la Revolución y los viejos artistas de Montmatre que hace ya tanto que no están. Al regresar de Marruecos, decidí tatuarme para no olvidar nunca que también a allí pertenezco. Y de Rusia. Y de Praga. Y de tantos otros lugares que durante un tiempo (algunos más, otros apenas unos días) han ostentado con honor el título de “ciudad favorita”.

Pero se me olvida la más importante, voy a dejar de mentirles. Mi ciudad favorita es Madrid. Es mi amante, mi amiga, mi confidente, mi escenario perfecto, mi casa. Me lleva por sus calles como a rastras por una marea invisible, una fuerza de atracción innata, devolviéndome al lugar donde debo estar. Está llena de otros países (llena de franceses, belgas, e italianos), pero no lo suficiente para perder su razón de ser. No puedo elegir. Me tiene seducida por completo.

Me di cuenta de ellos mientras caminaba bajo los arcos de la Plaza Mayor con Fifi y Toto, mis gemelos de cómic belgas, de visita en Madrid por unos días. Comentaban tal o cual cosa, lo fotografiaban, escrutaban las calles intentando atrapar su fisonomía, su aroma, su esencia. Madrid se convirtió por un ratito en un teatro al que asistía por primera vez, lo vi todo con otros ojos, y me gustó. Me gustó sobre todo dejar de ser consciente de lo que hay más allá de la siguiente esquina. De dónde para exactamente cada autobús. Me gustó poder guiarme por instinto, dejarme llevar, que decida un mapa en vez de la experiencia.

Y me gusta, también:

–        Cuando florecen los almendros (ahora).

–        Cuando tengo tiempo de sobra para desayunar en una tasca de verdad, de las que ya quedan pocas y el camarero tiene un palillo entre los dientes y un trapo colgado del cinturón.

–        Cuando desconocidos me adelantan por la calle y juego silenciosamente a echar carreras con ellos.

–        Cuando atardece y el cielo es rosa y dorado y naranja y a veces púrpura.

–        Cuando cualquier opción nocturna es buena porque Madrid no duerme.

–        Cuando de repente las calles quedan vacías, a cierta hora entre el último Búho y los primeros barrenderos, y todo parece tan enorme y tan vacío como un escenario abandonado.

–        Y sobre todo cuando los músicos callejeros le ponen banda sonora a la ciudad.

M.

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Categorías: Reflexiones viajeras | Etiquetas: , , , , , , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “De ciudades favoritas y otras mentiras sin importancia

  1. Precioso post. Esos bolardos de la calle en Madrid me recuerdan a Malasaña, o a Chueca. Me comí más de uno estando de borrachera XD Mis rodillas todavía los recuerdan…. y yo también!!

    • Jajaja, estos son de Chueca, pero los de MalasaNa me los comi yo hace 2dias y aun no puedo andar!!! Puro peligro 🙂 gracias por pasarte por aqui! Vuelve pronto!!

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