Volver a casa, ¿a qué casa?

Desde que terminé mi Erasmus, hace apenas un año, cada vez que he pensado en Bruselas lo he hecho con una íntima conciencia de pertenencia. Conocía todos los caminos más cortos, dónde y a qué hora es posible encontrar aún Villo (o bicis amarillas que pueblan la ciudad), en qué bares encontrar un buen café (nada de ese café belga con leche de mentira, sino una buena Lait russe), qué días de la semana podía ir a mis mercadillos favoritos e incluso a qué hora iba a amanecer (seguramente porque siempre volvía a casa más o menos a esa hora). Y cuál ha sido mi desconcierto esta vez, que regreso con plena conciencia de estar redirigiéndome al hogar, y me doy cuenta de que Bruselas me ha repudiado, no mucho, solo un poquito, sólo con nuevos carteles, sólo con mis queridos homeless cambiándose de acera, solo con una nueva fachada de Sainte-Cathèrine cubierta por redes y su maravillosa plaza en obras, solo con esos detalles ínfimos- una nueva tienda en Antoine Dansaert, nuevas caras en la universidad, un nuevo grafiti, una nueva pegatina en mi antiguo telefonillo, en el que ya no aparece Paco&Marina, sino cualquier otro nombre impronunciable-.

Desde la Plaza de Moscú se ve la silueta de la Iglesia de Saint-Gilles, un barrio alucinante 

Bruselas, estos días, ha sido un lugar nuevo, y a la vez manoseado. Esa antigüedad floreciente no lo era más que en recuerdos borrosos y en adoquines que sobresalen del suelo y me hacen tropezar (como cualquier otro día). Y sin embargo he ido más allá, a la frontera misma, a barrios que no había imaginado nunca antes más que por un simple cartel en un mapita de colores, símbolos intachables que se han convertido en paisaje diario- el Atomium, el Pavillon Chinois, que de hecho nunca vi cuando vivía allí, el Palais Real, y otras turistideces que no parecían importar entonces. Me he obligado a ver la ciudad como un elemento nuevo en sí mismo. En los escasos minutos en los que he estado sola con ella hemos conversado, y no hemos encontrado en nuestro diálogo la complicidad de antaño, ese cálido abrigo que me prometía antes ahora ya no está.

Cada vez que vuelvo siento que algo se ha perdido de forma inexorable. Quizá porque ni Ixelles ni las inmediaciones de Laeken fueron mi hogar, quizá (y sobre todo) porque faltan las voces de aquellos con quienes compartí en su momento mi vida allí, y cada elemento urbano y bebible, y amaneceres y paseos rutinarios para hacer la compra, para hacer una vida normal en fin, a la que regresamos un poco a ciegas cada vez que tomamos un avión a “casa”. Esa casa que no es casa, o que no sé muy bien qué hacer con ella ni ella conmigo, más que tratar de seguir atrapándola y guardándome su esencia para no perder la conexión que nos une y que nos convierte a una y otra en complementos indiferenciables.

Cosas que son Bruselas y ya no están:

–        Sobre todo, vosotros, mi gente y familia extranjera.

–        Jonny en el Badulaque, con su “partner” y las Gordon cayendo una detrás de otra.

–        Francis Nolf.

–        Los zumo de naranjas mañaneros y el exprimidor siempre sucio.

–        El sol de Park que asomaba un día y nos hacía querer comernos Bruselas durante los cuatro siguientes.

–        Los paseos en Villo Anspach arriba, Anspach abajo.

–        Los Durum de pollo y frites a la salida de Fuse.

–        Las vuelta a casa los Crazy Tuesdays.

–        El pollo al limón de Miguel, a la cerveza del Comando Dansaert, al ajillo de nuestra casa.

–        La Acampada en la Plaza de Moscú donde todo parecía posible.

–        Y tantas otras cosas que me abstengo de contar, para no aburrir a los que no las han vivido pero que son únicas e irremplazables.

 Oh yes, this is Brussels!

La antigua familia 

Y la nueva Boysband… 

Me pregunto si cuando abandone Madrid, no dentro de mucho, y regrese mucho tiempo más tarde, sentiré también esa deslocalización, esa pérdida irrefrenable de mi propia identidad en tanto en cuanto la ciudad sigue su ritmo sin mí. Quizá haya un día en que no exista hogar posible y vague intermitentemente entre las ruinas de mis vidas anteriores.

M.

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Categorías: Reflexiones viajeras | Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Volver a casa, ¿a qué casa?

  1. marife

    Te ocurrirá muchas veces ese efecto de sentirte fuera de lugar. Entonces es cuando tienes que saber que tu casa, tu hogar estará siempre aquí, donde estan los tuyos, tus amores incondicionales, tus papis.

  2. Jose Luis

    Hijita de mis amores, la vida evoluciona inexorablemente, cada momento que pasa es una nueva experiencia en tu vida, tan intensa como irrepetible, vive de los momentos que tanto sueñas … nunca sientas decepción por las vivencias nuevas que a veces no te gusten o hayan simplemente dambiado, todas, repito, todas, te enseñan un camino .. te queda mucho que vivir y experimentar en este largo y permannete viaje que has decididido hacer por los confines de este mundo .. allá donde esté, vivas, pares o tan solo pases de largo, estaremos a tu lado … como dices mami, tus incondicionales papis que tanto te queremos … sigue viajando.

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