La magia de un viaje en tren

Subo en Porto Campanhã al tren con dirección Coímbra. Más de la mitad de los asientos están ocupados, pero pronto encuentro un hueco íntimo donde sentarme a pensar. Eso es lo que más me gusta de los trenes: tienen una capacidad casi mística de aislarnos de la realidad que nos rodea y dejar nuestra imaginación llevar. Me asalta un pensamiento: que acabo de llegar físicamente a Portugal, pero que mi mente, rápida viajera, lleva ya aquí mucho tiempo, soñándola, haciéndose un hueco y explorando este país desde fuera, sin participación de los sentidos, solo con la mente.

El tren arranca despacio, con un crujido, como si le costase desperezarse, y en pocos minutos se encuentra recorriendo de nuevo el mismo camino que ha surcado una y otra vez, como si ya formara parte del paisaje. Solo en el trayecto que lleva de Porto a Coímbra es posible captar la verdadera esencia portuguesa: la costa atlántica bajo un cielo rojo de fuego al esconderse en sol, los campos llenos de flores amarillas, los pueblos enclavados en las laderas, con ese aire de haberse quedado encajados en otra época, la ropa tendida agitada por el viento y, sobre todo, ese último vistazo a Porto, cuando el tren sobrevuela el río Douro y desde el aire vemos el puente de Dom Luíz naciendo de los dos costados de la ciudad, con sus casitas de colores tan cerca unas de otras que parecen un racimo de uvas de otoño. Esa hora que tarda el tren en llevarme hasta Coímbra se convierte en una burbuja de tiempo en la que no ocurre nada: nada más que la velocidad y el sol poniéndose, y el aroma del campo atravesando los cristales, y la vida fluyendo afuera.

Me preparo, como si se tratase de un ritual, para cada viaje en tren: no hay música, no hay palabras, no necesito entretenerme artificialmente. Solo necesito el paisaje y el mundo extendiéndose mucho más allá a través de la ventana. Y siento entonces el runrún de pensamientos que gotean poco a poco y se entremezclan creando formas abstractas como la fina llovizna que golpea contra el cristal mientras el tren entra en la ciudad de Coímbra. Veo, bajo una bóveda nacarada, la silueta de la Universidad en lo alto de la colina. Aún no he llegado y ya percibo mi propio abandono, ya sé cuál será la última imagen al marcharme, y cómo voy a recordarla. Y entonces salgo del vagón y me lanzo bajo la lluvia, a empaparme de realidad otra vez y de agua fresca, y también del aroma a crema y canela que inunda todo Portugal.

Bem-vindo.

M.

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