Pokhara de agua y cielo (I)

La ciudad de Pokhara, a 200 km de la capital nepalí, Katmandú, es la puerta de entrada a una de las experiencias más maravillosas de las que el Ser Humano Viajero puede disfrutar: recorrer la cordillera del Himalaya, si no toda, al menos un trocito. Y es que alrededor de esta ciudad, que en sí misma no representa nada excepcional, se encuentran varias de las montañas más altas del mundo. Por eso cuando llegues a Pokhara te parecerá que estás tocando el cielo del mundo.

En Pokhara, principalmente, tenemos dos ambientes que merece la pena descubrir en su totalidad: la montaña, y el lago Phewa (lo dividiré en dos posts para los perezosos).

El mirador de los Annapurnas: Sargankot 

LA MONTAÑA

¿O quizá debería decir los ochomiles? En Pokhara comienzan y terminan las rutas más importantes de trekking por la región de los Annapurnas. Si bien el Everest no es visible desde esta ciudad (se encuentra justo en el lado contrario de Katmandú), con el Annapurna, la 10º montaña más alta del planeta, quedaremos convencidos de su grandeza.

Una de las rutas más reconocidas es la de Sargankot. Desde sus 1592 metros de altura es posible ver, a vista de pájaro, los principales picos de la cordillera en su vertiente más septentrional.  La ruta corre por la ladera veloz, aunque la ascensión no es tan dura, si tenemos en cuenta la gran altitud a las que nos enfrentamos. Aprovecha el amanecer: llega allí con tiempo de ver el sol salir y vivirás una experiencia digna de una región de dioses. ¿Recuerdas cuando, con papel cebolla, ibas superponiendo siluetas de montaña sobre cartulinas negras, intentando emular un paisaje que a los ojos de un niño parecía increíble? Así es el paisaje cuando el mundo se extiende ante ti.

Nuestro guía a través de las montañas

A través de las colinas, y cada cierto tiempo, las aldeas empiezan a fluir: son pequeñas, unas simples casas de adobe y roca a orillas del camino, puerta capital a los inmensos arrozales de un verde espectacular, un verde que solo he visto antes en insectos tropicales, un verde de rotulador, tóxico, químico. De forma escalonada, las tribus nepalís han ido construyendo en el valle que desciende hasta el cañón por donde fluye el río Seti (que significa “blanco” en nepalí), terrazas aguadas en las que crece su principal motor de autoabastecimiento: el arroz. Este alimento es la base de toda la gastronomía de Asia, por la facilidad con la que crece en sus marismas, siempre húmedo intentando asomar.

Pero, ¿alguna vez has visto cómo crece un grano de arroz? Parece una tontería pensarlo, incluso creemos que germina directamente en un paquete de papel con etiqueta SOS.  Y la realidad, sin embargo, es que cada grano crece en solitario, y el trabajo de recogida es tan duro como podemos imaginar al ver todas esas imágenes de mujeres agachadas sobre la tierra, arrancando los tallos de arroz uno por uno.

La ruta del Sangarkot, por lo menos hasta donde nosotras hicimos, podría denominarse “light” para los escaladores con experiencia. Durante el camino, que duró alrededor de dos horas hasta que arribamos a una aldea donde pasaba un servicio de bus, nos relacionamos directamente con la gente local. Los niños corrían tras nosotras. Les dimos chocolate, kleenex, caramelos, lo que teníamos, no mucho. Nos perseguían como si realmente no supieran de dónde veníamos ni qué hacíamos allí. Aunque Pokhara es uno de los destinos favoritos para amantes de la montaña, la temporada húmeda, la época del verdadero monzón, coincide con nuestros meses de verano, y durante este tiempo la llegada de turistas es muy limitada.

Grano a grano

Perderse en las montañas supone entrar en un mundo desconocido, en dos vertientes: quién llega y se nutre del paisaje, del verdadero sabor local de las tribus, se da cuenta de cuán diferente puede ser el mundo a tantos metros de altitud, y de lo cómodas que son nuestras vidas y lo modernas que son nuestras ciudades totalmente equipadas con las herramientas perfectas para evitar cualquier tipo de trabajo desagradable. Ellos, los habitantes de estas aldeas sin nombre, sin embargo, cuando nos ven con nuestras caras blancas y cámaras de fotos, robándoles sin querer quizá un gesto para llevárnoslo de regreso, intentan imaginarse, si es que consiguen abstraerse lo suficiente, cuánto de ancho y largo es el mundo y lo lejos que quedan nuestros hogares de sus casas de piedra jalonadas con banderines de colores, símbolo expreso y confeso del Nepal. Creo que a partir de ahora llevaré siempre un mapa del mundo en el bolsillo, para poder enseñarle a todas esas gentes de dónde vengo en realidad.

El regreso a Pokhara, mejor en bus local: una cabra atada con un cable en el asiento de delante. Abajo, el abismo, y el vehículo (apuesto a que es un souvenir de los años 60) no aminora la velocidad ni en las curvas.  Al llegar abajo, y observar el cielo de piedra alzándose, uno verdaderamente se da cuenta de lo pequeños que somos en realidad, y de todo el microcosmos que se encuentra a nuestro alrededor escondido entre montañas.

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Gracias!

M.

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Categorías: Artículos de viajes | Etiquetas: , , , , , | 3 comentarios

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3 pensamientos en “Pokhara de agua y cielo (I)

  1. marife

    Me encanta que mi hija sea la que me abra las puertas del mundo, gracias.

  2. Jose Luis

    El papa también está encantado de hasta que lejos es capaz mi hija de llevarnos …. gracias a sus sueños, yo también cumplo los mios .. sigue viajando, sigue soñando y conociendo mundo.

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